5 de julio de 2013

CAPÍTULO 36

(Narra Louis)

Lo conseguí por fin.

Después de un par de días recibiendo la visita del tan maravilloso hombre, una tarde sucedió. Por fin.

Vino como siempre, con la bandeja llena de comida y me la dio. Se iba alejando cuando lo llamé:

-Espera!
-¿Qué?
-¿Alguna vez te has enamorado?

Observé que no se esperaba aquella pregunta y se sonrojó y bajó la cabeza

-Parece que sí

Se acercó a mí y se sentó a mi lado

-Chico, el amor es muy duro. Yo ya lo tuve hace muchos años y ya no creo en nada
-Era una chica muy especial, ¿verdad?
-Ya ves si lo era. Tenía el pelo largo, rizado, castaño claro y unos preciosos ojos verdes que me miraban y yo me derretía ante ellos

Aquella descripción me recordaba a alguien...

-Pero las cosas empeoraron por mi culpa y ella se fue. Me dejó una simple nota, en la que no venían los motivos aunque yo los sabía perfectamente. Hasta ahora, no he sabido nada de ella

Yo seguía pensando a quién me recordaba esa descripción hasta que una sombra se deslizó por el pasillo.

Era una chica esbelta, delgada con un vestido blanco ajustado que rozaba el suelo con delicadeza y su pelo caía en él como un manto de oro. Sus rizos se movían sin cesar, describiendo una danza perfecta. Ella tenía unas gafas negras de sol enormes que le cubrían prácticamente la cara por completo. Pasó por la puerta mientras me miraba bajándose las gafas. Sonrió y se fue.

-¿Qué miras?

Se giró justo cuando ella desapareció

-Nada nada, oye, ¿sigues de verdad queriendo encontrar a esa chica?
-Con todo mi ser, pero no se ni por dónde empezar...
-Yo tengo una idea

(Narra Helen)

Estaba en pleno centro de Londres comprando con unas amigas cuando un dolor increíble apareció en mi estómago.

Yo me detuve y rugí. Me senté en un banco y respiré hondo, hasta que se fue calmando.

Mis amigas me miraban con cara de preocupación, preguntándome si me encontraba bien y yo les decía que no tenían porqué preocuparse.

Pero cuando avanzábamos, me dejaron atrás y ellas empezaron a cuchichear cosas mientras se giraban, me miraban, y se reían.

¿Qué cojones les pasaba? ¿Tenía monos en la cara o qué?

Decidí irme de allí ya que estaban insoportables. Les pegaría a cada una una buena torta.

*Minutos después*

Estaba en la puerta de la casa cogiendo las llaves y otra vez ese dolor me saludó maleducadamente acompañado encima de náuseas.

Las llaves se me cayeron y me agaché para cogerlas mientras aguantaba la presión que tenía en mi garganta que deseaba salir. Por fin las alcancé y recorrí la casa. En milésimas de segundo ya estaba en el baño echando por la boca una sustancia medio espesa, medio líquida.

Alcé la cabeza y contemplé mi rostro. Estaba pálida, más de lo que yo lo era y tenía ojeras. Miré a mi alrededor y vi en mi bolso un paquete de compresas nuevo.


Se me cayó el cielo en los pies.

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